Un vaso se resbaló entre los dedos del camarero anónimo y nadie pareció percatarse. Tampoco cuando el barman se rajó la mano con un pedazo de cristal y comenzó a maldecir a voz en grito nadie levantó siquiera la vista. En realidad, nadie escuchaba. Todos tenían sus cosas importantes en las que pensar. “Fíjate en aquel tipo”, me dije a mi mismo. Hundido en la barra, sujetando la copa de güisqui solo como sin fuerza y a punto de derramar su contenido. Ese tipo no tiene mirada. Sus ojos no están allí. Se borraron de su rostro a base de alcohol y lágrimas saladas. No tiene voz. Su boca se cerró para siempre, con el pitillo incrustado entre los labios cortados. Si me preguntasen por su edad diría que demuestra haber superado los sesenta, y llevar los últimos diez años anclado a ese taburete acolchado. Dos tragos le bastan para apurar todo el licor. Está acabado.
En el pequeño escenario del bar un hombre ocupó la silla negra que hasta entonces había permanecido vacía. Empuñó una guitarra descascarillada y, con el mismo gesto grave con el que irrumpiera sobre la tarima de madera, de su espesa barba rubia asomaron las notas de una triste melodía sureña.
Sentado al margen del río
Recuerdo como fluía
Como el agua
Como el vino
Y el hastío
Tus palabras son ahora
Mentiras
A mis oídos
Estrépito de cristales rotos en un nuevo aterrizaje forzoso de uno de los vidriosos recipientes que secaba el camarero ya herido. El melancólico músico, cubierto medio rostro con la alfombrilla rubia, paró su sonata en seco con gesto aun más serio que al inicio de su actuación treinta segundos antes. El último sonido de aquella guitarra fue el atronador crujir de sus maderas, cuerdas y clavijas contra el suelo del escenario, tal era el enfado que expresó aquel hombre inexpresivo ante lo que le pareció una tremenda falta de respeto del manazas que ahora se cortaba de nuevo. Esta vez hubo quien sí se percató:
“¡Joder chaval! Más te valdría estar en tu puta casa y no aquí jodiéndome el negocio”.
El inexperto hostelero trataba de interrumpir la hemorragia bajo un chorro de agua fría salido del grifo apostado bajo la barra. Al otro lado, de pie junto al borracho solitario sin mirada ni voz, vociferaba el dueño del local en cuestión.
“Me la sudan los vasos de mierda que puedas llegar a romper pero, ¡ostia puta!, has echado a perder el show del mejor baladista de la ciudad. Sus letras rebosan emotividad, los acordes de su maravilloso instrumento me transportan a un mundo mejor lejos de la mierda que es para mí mi vida. Necesitaba deleitarme con él esta noche, llorar si hacía falta. Ya van dos músicos y un contorsionista que huyen de mi casa desde que trabajas aquí.
Lo de “mi casa” no lo decía Charlie por una especie de exacerbada profesionalidad. Más bien era porque no tenía otro sitio donde caerse muerto aquel gordo calvo de los cojones. El muy cabrón vivía allí. No pagaba licencias ni permisos. Sólo tenía que pasarles una pequeña comisión mensual a los dos únicos policías del barrio para que le permitiesen convertir aquel cuarto piso en un bar de copas. El alcohol de quemar, la apestosa clientela y las peores representaciones posibles hacían el resto. Y alrededor, arriba y abajo, nada más que oficinas. La que más tarde cerraba era una clínica veterinaria de la planta baja y lo hacía a eso de las nueve, hora a la que Charlie ni siquiera había empezado a notar la resaca. A partir de esa hora, todo el monótono bloque de hormigón permanecía en silencio. Excepto el Charlie´s, original nombre éste para el cuchitril de la penúltima planta.
Mientras Charlie se agitaba embutido en un viejo smoking azul que le iba exageradamente pequeño, el baladista salía de detrás del biombo que hacía las veces de separador entre el camerino y el resto del bar. Ya se había puesto la gabardina y el gorro de lana negra y, sin molestarse tan siquiera en recoger el mástil astillado de su guitarra, caminó decidido entre las tres únicas mesas del Charlie´s hacia la puerta principal. Charlie trató de pedirle disculpas e incluso juntó suplicante sus manos sudorosas. Sin decir una palabra ni dedicarle una mirada, el iracundo trovador rodeó el cuerpo redondo y grasiento antes de desaparecer escaleras abajo.